Aquellas mañanas con una taza de café
pertenecen al futuro que se va desgranando
cuando el temor se derrite.
Las bicicletas que pasan se alargan
mientras los carros con una trazo impresionista
son algunas gotas sueltas de belleza en la normalidad.
Los transeúntes caminan como fantasmas diurnos
atareados con periódicos electrónicos
y frases en desuso.
En el azul diluido del cielo
las nubes forman una taza de capuccino
que la montaña espera.
Y al ambiente ruidoso del vecindario
se suman los ladridos de una perrita callejera
para aliviar al aire de tanta plasticidad.
Cualquier día con una mañana de café
le pone una aureola al principio del viaje.