Hoy vi el memorial de un soldado desconocido
con el hábito de bronce donde no duelen las heridas.
Todavía tenía el brazo extendido por la granada
recién lanzada y que nunca tocó tierra.
Con su mirada fundida observa eternamente un cielo
al que lo condenaron las órdenes y después el escultor.
De vez en cuando desciende algún cuervo sobre el brazo
frío para recordar la única nota ética que tienen las guerras.
Sin saber si estalló la granada dejó al soldado sin tiempo para protegerse con el rictus del muchacho recién arrancado del sueño de un matrimonio con la jovencita a la que propuso en un corral de rodeo.
El soldado de bronce no volverá al rodeo y seguirá a la intemperie de las aves mientras las estatuas ecuestres de los generales pregonan lo eterno de las guerras.