En Dover, NJ

Hoy vi el memorial de un soldado  conocido 
vestido con el bronce habitual donde no duelen las heridas. 
Todavía estaba con el brazo extendido por la granada 
recién lanzada y que nunca tocó tierra. 

Con su mirada fundida observa eternamente un cielo 
al que lo condenaron las órdenes y después el escultor. 
De vez en cuando desciende algún cuervo sobre el brazo
frío para recordar la única nota ética que tienen las guerras. 

De la granada no se sabe si estalló pero el soldado, sin tiempo para protegerse, conserva aún el rictus del muchacho recién arrancado del sueño en casarse con la jovencita que le dedicó sus miradas en un evento de rodeo. 

El soldado de bronce ya no volverá al rodeo, y como las estatuas ecuestres son solo para generales si las guerras se hicieran todavía a caballo, él seguiría a pie y vulnerable, ignorando que más allá sobre otro pedestal en el mismo pueblo, está el cascarón de un tanque venerado por haber servido bajo Patton. 

Decorado con la bandera nacional, su cañón duerme 
con la boca abierta. La granada mientras tanto 
seguirá viajando a otro memorial desconocido. 

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